1.12.12

Carlos Penelas. Poética

La poesía nos ofrece el ensueño de las voces infantiles; no la
nostalgia indiscutible que tiene todo ser humano, sino las estancias
del ser, la sublimación de la luz que hipnotiza la soledad del cuarto.
Por eso registramos el follaje, la rama sensible al viento, la vela
blanca en la bruma del mar. El poeta se abandona a la intuición, a la
contemplación, al espacio que estremece desde el silencio de una
visión inmóvil. Crea su infinito desde el gozo secreto. Lo rodea la
infamia, la corrupción, la demencia alucinada por la frustración, la
desvergüenza de hombres hastiados. Pero su poética nos envuelve en un
universo claro, una convicción íntima que hace sensible la palabra,
voces modeladas por una mitología del desorden. La inmensidad está en
nosotros como la insumisión.


Por momentos asombra en la despersonalización del verso y
paralelamente afirma su subjetividad. Destierra el vacío creando los
enigmas de lo poético, concilia libertad y destino, azar y fidelidad.
Cristaliza y vulnera al amor, halla la medida de sí mismo entre las
contradicciones, entre los fragmentos de lo cotidiano. Ofrece su
respuesta desde la desesperación y la esperanza. Extrañamente ambiguo,
integra la plenitud y el caos.

Sin recompensas futuras se sumerge en la naturaleza tantálica, en la
revelación de los vínculos y los afectos. Sugiere un simbolismo sexual
en la mujer deseada, en oposiciones increíbles y ciertas, en un fuego
sustancial y mágico. La palabra será siempre un vehículo de una vida
en permanente cambio, de confidencias; un peregrinaje misterioso y
traslúcido.

Todo y cada cosa es una amenaza de eternidad. El poeta siempre anima
una dialéctica sutil, por momentos incomprensible. Anhela la
solidaridad entre forma y existencia, sufre la imperiosa necesidad del
instante, esa fugacidad que emerge y se define por sí misma. Hay
plenitud en lo dramático, éxtasis y continuidad que le dan fuerzas
para enfrentar un mundo absurdo.

Hace falta ingenuidad. El placer de admirar, de evocar. Todo se
experimenta a partir de la infancia, a partir de lo lúdico. Desde la
franqueza hallamos felicidad; contra todo dogma enfrentamos las
moradas de la supervivencia. El verdadero poeta cree en lo
inconmensurable, en la utopía, en la sagrada unidad del silencio y la
fraternidad. Detesta las ciudades, los partidos políticos, las
capillas literarias, los dioses y los amos. Al cincelar el verso
ofrece belleza, no sólo cristalina; otorga un contenido moral.

Carlos Penelas
Buenos Aires, noviembre de 2012
Texto leído durante la presentación de Poesía reunida, el viernes 23
de noviembre.

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