22.2.12

Ricardo Forster salió a defender el Cianuro en Agua. Habla de litigio y democracia.

La minería y el litigio democrático
Por:
Ricardo Forster
La democracia, desde su lejana invención griega, ha sido el ámbito de
lo diverso, la evidencia de lo no resuelto y de lo imposible de
resolver en términos de lo absoluto y definitivo. No hay mayor quimera
que imaginar que es posible construir una sociedad en la que todos sus
integrantes coinciden y en la que el conflicto se convierte, según
esta opinión que suele vestirse con los ropajes del republicanismo
liberal, en una pieza de museo que remite a tiempos en los que no se
había alcanzado el sacrosanto consenso que sería lo propio de las
sociedades democráticas avanzadas (esa vana ilusión esconde un fuerte
rechazo a la política que, en su misma emergencia histórica, puso en
evidencia que una ruptura atraviesa la vida social y que la diferencia
constituye el meollo de la compleja y difícil convivencialidad
democrática). El litigio es lo propio de una sociedad en la que unos
pocos acaparan la mayor parte de la riqueza socialmente producida y
los muchos tienen que contentarse con los restos de una abundancia de
la que no suelen participar. Lo político vino a expresar esa querella
que ha sido constitutiva no sólo de la antigua Hélade sino que se ha
perpetuado a lo largo de la historia. Entre las muchas diferencias que
existen entre una sociedad democrática –y esto más allá de sus
carencias y de sus fallas– y una sociedad atrapada en las garras de
una dictadura o de una ideología totalitaria, es la aceptación de la
diferencia y el conflicto, no como males a extirpar, sino como fuerzas
creativas y recreadoras de la propia sociedad, constituyendo, este
antagonismo, el punto nodal, el quid de la invención democrática que
se enfrenta a la uniformidad autoritaria de la dictadura. Por eso un
gobierno genuinamente democrático debe saber reconocer la lógica del
litigio y la pluralidad de intereses que se ponen en juego. A veces
puede encontrar los caminos del consenso (nunca en términos de la
homogeneidad absoluta), otras, las más, tiene que lidiar con la
defensa cerrada y corporativa de intereses que responden a lógicas
autorreferenciales y que, por lo general, entran en conflicto con el
interés de las mayorías.
Pensar la democracia, siguiendo esta perspectiva, es intentar
desnaturalizarla, es decir, abordarla no como algo dado de una vez y
para siempre sino como una continua invención capaz de redefinir sus
condiciones históricas y el horizonte de sus posibilidades. Pero
también es penetrar en sus contradicciones, conflictos y tensiones no
resueltas, esas mismas que hoy se despliegan en el interior de ese
otro magma de la vida contemporánea que es el mercado, la economía
global y su forma actual que es el capitalismo financiero (y que
incluye, como no podía ser de otro modo, a las grandes empresas
multinacionales que se despliegan por los países periféricos en busca
de extraer sus riquezas naturales). Abordar la democracia es,
precisamente, aprender a lidiar con las heterogeneidades y las
diferencias que no sólo emergen de lo material sino que también se
inscriben en las estructuras culturales y en la diversidad de
tradiciones, lenguajes e identidades que conviven en nuestra
geografía. Pensar nuestro país pura y exclusivamente desde una unidad
abstracta es perder de vista la riqueza y la problematicidad que se
guardan en esas asimetrías que recorren la interioridad de una nación
que nunca ha dejado de buscar, tal vez infructuosamente, algo así como
su identidad que suele no ser otra cosa que la multiplicidad de
fragmentos imposibles de soldar los unos con los otros.
La cuestión de la minería, hasta hace poco tiempo un tema desconocido
y hasta menor para la mayoría de los argentinos, se ha convertido, por
esa extraña amalgama de lo real y de lo ficcional, en eje de
intervenciones, disputas, conflictos, pasiones, contradicciones,
expectativas, rechazos y polémicas que la han colocado en el centro de
la atención política y mediática involucrando a los más diversos
actores, aquellos que van desde muchos de los pobladores de las
ciudades y pueblos cordilleranos de provincias emblemáticas como La
Rioja y Catamarca (pero que también involucran a San Juan, Tucumán y
otras provincias que guardan en sus subsuelos riquezas minerales) que
se oponen a la instalación de la megaminería, pasando por las grandes
corporaciones multinacionales que suelen ir a la vanguardia de las
acciones extractivas tecnológicamente más complejas y arriesgadas,
incluyendo a toda una variedad de organizaciones ambientalistas que
ven en la lucha contra la minería a cielo abierto la causa principal
de sus desvelos, hasta la participación, como no podía ser de otro
modo, de actores políticos y mediáticos que han buscado nacionalizar
la cuestión minera convirtiéndola en el imaginario eje de todos los
males o bienes del futuro argentino. Intentar abordarla sin prejuicios
y despejando la maraña de opiniones, puntos de vista, verdades
reveladas e intereses encontrados es una tarea ardua pero
indispensable a la hora de comprender que alrededor de la cuestión de
la minería se entrelazan nudos clave de la compleja vida argentina ya
que, tratando de deshacerlos, nos internamos por los senderos de la
economía, de la sustentabilidad, del cuidado medioambiental, de las
identidades conmovidas por los procesos de modernización, de los
desafíos generados por las nuevas tecnologías, de la sed de riquezas y
de rentabilidad que suelen ponerse por encima del cuidado de los
recursos y de los derechos de los pobladores, de las pujas políticas,
de la tensión, siempre difícil de desentrañar, entre los promotores
fervorosos del progreso y los defensores de las formas tradicionales
de vida. Todo se entrama al enfrentarnos a la cuestión de la minería.
Y eso el gobierno nacional no puede desconocerlo al precio de
equivocarse y de llegar tarde a una cita que la actualidad le está
planteando no para pasado mañana sino para hoy. De la misma manera que
no hay que desentenderse del conflicto diciendo que transcurre en
zonas alejadas de los centros neurálgicos por los que suele pasar la
vida nacional. La distancia geográfica ha sido superada por las redes
sociales, las nuevas tecnologías de la comunicación y la información y
por la inmediata transformación de un problema local en una cuestión
global. Nos guste o no, la cuestión minera llegó para quedarse y
convertirse en un actor importante de este tiempo argentino.
Hay momentos en los que ni la intencionalidad política de los
gobiernos o de las oposiciones ni la construcción virtual de los
medios definen las condiciones de emergencia y de continuidad de un
acontecimiento. Suelen ser coyunturas que se enraízan en antiguos
reclamos y que movilizan a amplios sectores populares que salen en
defensa de derechos, historias, tradiciones, identidades, conquistas,
sueños y hasta futuro enfrentándose, incluso, a las promesas de
progreso y bienestar de quienes son los portadores de las fuerzas del
cambio. En un extraordinario, bello y erudito libro sobre Emiliano
Zapata y la revolución mexicana, el historiador John Womack le explica
al lector que "este es un libro acerca de unos campesinos que no
querían cambiar y que, por eso mismo, hicieron una revolución. Nunca
imaginaron un destino tan singular. Lloviera o tronase, llegaran
agitadores de fuera o noticias de tierras prometidas fuera de su
lugar, lo único que querían era permanecer en sus pueblos y aldeas,
puesto que en ellos habían crecido y en ellos, sus antepasados, por
centenares de años, vivieron y murieron...".
Difícil encontrar un comienzo tan potente y enigmático como el que
eligió John Womack para tratar de explicar por qué los campesinos del
Estado de Morelos se levantaron contra los proyectos de transformación
productiva y tecnológica que, desde finales de siglo XIX, comenzaron a
desarrollar, sin escatimar ningún tipo de "instrumentos" jurídicos,
políticos, económicos, técnicos y de los "otros", los nuevos
empresarios del azúcar. Sospecharon de la palabra "progreso" cuando se
dieron cuenta de que ellos tendrían que pagar todo el precio de una
promesa de futuro que, en el presente, significaba expulsión y
violencia de quienes, por generaciones, habían vivido y trabajado la
tierra de modo comunitario y que ahora eran brutalmente desalojados
por los nuevos ingenios azucareros que representaban, para la gran
prensa de aquellos días, para el poder político y para el paradigma
cultural-civilizatorio dominante, la quintaesencia del progreso y de
la innovación tecnológica. Aquel tremendo acontecimiento de la
historia latinoamericana que produjo uno de los líderes populares más
significativos y míticos de nuestro continente, como lo fue Emiliano
Zapata, puso en evidencia, una vez más, el conflicto entre los
adalides del progreso y el desarrollo, por lo general provenientes de
las ciudades y dueños del capital llamado a cambiar las formas
económicas ancestrales y apoyados por los gobiernos de turno, y los
campesinos que se levantaban contra las fuerzas de una novedad que la
veían, quizás sin equivocarse, como las sepultureras de sus
tradiciones y modos de vida. Lo que tal vez no pudieron ver ni Zapata
ni el otro gran líder campesino, Pancho Villa, era que los vientos de
la época soplaban a favor de la magia irradiada por la palabra
"progreso" y que su lucha, allí donde no lograba comprender las
complejidades de los nuevos tiempos, estaba destinada a la derrota si
no lograba, como efectivamente terminó por suceder, encontrar los
lenguajes, las fuerzas y las ideas que impidiesen la consumación de la
hegeliana "astucia de la razón en la historia", brutal eufemismo para
ocultar la estela de violencia y barbarie que conllevó y sigue
conllevando la lógica del "progreso".
No se trata, estimado lector, de homologar las rebeliones zapatistas
de principios de siglo XX con las protestas de las distintas
poblaciones de La Rioja y Catamarca que, en las últimas semanas,
vienen sacudiendo el escenario político y mediático argentino
planteando, de una manera poderosa y provocativa, la compleja cuestión
de la minería. Se trata, antes bien, de señalar las raíces profundas
que se manifiestan en los reclamos de muchos de los habitantes de
Famatina y de Tinogasta, de Belén y de Andalgalá (los nombres más
significativos que incluyen a otros pueblos y pequeñas ciudades
cordilleranas), que se enfrentan, como en otros tramos de la historia
caliente de nuestro país y del continente, a la sed de transformación
e innovación que trae aparejadas el desarrollo económico y sus formas,
que parecen irrefrenables, de expansión tecnológica y, en muchas
ocasiones, ciegas ante los deseos y los derechos de los pobladores.
Pero a diferencia de aquellos campesinos que se rebelaron en el México
de Porfirio Díaz y que en su rebelión contribuyeron a desatar una
revolución que cambió la historia de ese país, y lo hicieron porque no
tenían quien los pudiera escuchar; en la Argentina de 2012 hay una
democracia que supo reencontrarse con la memoria de los derechos y
que, desde que Néstor Kirchner llegó al gobierno, rechazó la represión
como medio de dirimir las protestas sociales. Una democracia, bajo el
giro histórico que le imprimió el kirchnerismo, que recuperó la
memoria de la igualdad y de la participación y que volvió a hacer
visibles a los invisibles. Y es desde esta reinvención democrática de
una Argentina que va logrando dejar atrás el modelo neoliberal, que se
vuelve indispensable no sólo impedir que policías provinciales
acostumbradas a actuar como capangas y como fuerza de choque de los
poderosos repriman la genuina protesta de quienes tienen derecho a
oponerse a la minería a cielo abierto –y esto más allá del
indispensable debate en torno a su sustentabilidad o no–, sino que
también es tarea del gobierno (el nacional si los provinciales no se
muestran interesados o simplemente juegan sólo del lado de los
intereses corporativos) convocar al diálogo y abrir, como lo señaló
hace pocos días Cristina, un profundo e indispensable debate sobre la
minería capaz de incorporar cuestiones tan relevantes como la
sustentabilidad medioambiental, la protección de las economías
tradicionales y los caminos que hagan posible un desarrollo sin el
cual resulta imposible construir una sociedad más equitativa que logre
distribuir riqueza genuina y no pobreza. Dicho de otra manera: cómo
encontrar el equilibrio entre políticas de transformación
económico-productivas que requieren de nuevas tecnologías y de
emprendimientos extractivos, y sin las cuales es muy difícil imaginar
la creación de riquezas socialmente distribuibles, y la protección de
la naturaleza y de las identidades de los habitantes históricos de
esas localidades que se han convertido en el centro de una nueva
"fiebre del oro". Bajo otras condiciones algo de lo mismo viene
sucediendo con la expansión de la frontera sojera y la expulsión de
cientos de pequeños campesinos. La pregunta inquietante, la que no se
puede eludir, es de qué modo garantizar los recursos para hacer mejor
la vida, la educación y la salud de una sociedad que no puede
desentenderse de la riqueza de su suelo y de su subsuelo. Ninguna
corriente ecologista o ambientalista puede resolver la ecuación,
extremadamente compleja, entre creación de riquezas, disminución de la
pobreza y distribución igualitaria si es que no se hace cargo de
darles alternativas a sociedades que necesitan salir del atraso y de
la dependencia; alternativas que no respondan a visiones regresivas y
neoconservadoras sino que puedan dar un profundo debate, de matriz
humanista, sobre los vínculos entre producción, tecnologías, medio
ambiente, inversión necesaria y sustentabilidad. Lo demás es falso
virtuosismo incapaz de pensar la cuestión social o simple cinismo.
Así como resulta absurdo, económica y políticamente, desconocer la
historia y la proyección futura de la minería en un país que es
atravesado de norte a sur por miles de kilómetros de cordillera,
también resulta indispensable reconocer el derecho de los habitantes
de esas geografías a ser partes activas a la hora de planificar y
resolver estrategias de desarrollo que involucran directamente sus
vidas y la de sus hijos. No hay soberanía territorial que no venga
acompañada por la soberanía del pueblo pero no entendida como
unanimidad abstracta sino como conjunción de diversidades. Ese es el
abc de la democracia, el núcleo fundador de cualquier proyecto de
nación que tenga como brújula orientadora la idea emancipatoria que
reúne en un mismo movimiento la indispensable generación de riquezas
–industriales y primarias–, la distribución equitativa, la
preservación y expansión de los derechos y la protección de la
naturaleza. Nadie dice que sea sencillo encontrar la ecuación
adecuada. Esa es la tarea de la genuina invención democrática, la que
aspira a construir una sociedad más justa.

 Ricardo Forster Quien te a visto y quien te ve...

PD: ¿Ricardo Forster nos tomamos un litro de agua en la Mina a Cielo
Abierto La Alumbrera? Primero vos, dale vos podes tragarte cualquier
cosa. Hasta este ridiculo discurso pro Cipayo, José Luis Gioja, sus mineras transnacionales apatridas y pro  Barrick Gold. Despúes hablan de malvinas... que siome.
.
Che Foster... Acordate que hay Archivo. Fuiste Docente mio y generalmente siempre faltabas, tenes muchos ausentes en la UBA. hay Archivooo.!

Cipayo. Generalizando, en el idioma español, el término se utiliza de forma despreciativa para referirse a un secuaz a sueldo.


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