23.1.11

La casa del autor de 'El Aleph' era de las pocas con dos plantas y jardín en Palermo, un oasis en un arrabal de laburantes y malevos. Hoy es uno de los epicentros 'chic' de la capital argentina.

No nací en Buenos Aires pero soy del barrio de Palermo. Siempre he
pensado que es el mejor rincón de la capital argentina. Para mi amigo
El Chino, la ciudad que queda afuera de las avenidas Santa Fe, Coronel
Díaz, Córdoba y Juan B. Justo es el extrarradio. "Nací, vivo y moriré
en mi Palermo", repite cada vez que le cuento que Almagro o Caballito,
barrios importantes de mi adolescencia, también son agradables para
residir. Cuando me lo dice, me quedo cortado medio segundo, y ahí
nomás le doy la razón. ¡Qué diantres! Yo tampoco querría vivir en otro
lado.

"Nací, vivo y moriré en mi Palermo", repite mi amigo El Chino

El Palermo del que hablo es el de Jorge Luis Borges. Y en el centro
está la manzana a la cual dedica uno de sus poemas más populares,
Fundación mítica de Buenos Aires: Prendieron unos ranchos trémulos en
la costa, / durmieron extrañados. Dicen que en el Riachuelo, / pero
son embelecos fraguados en la Boca. / Fue una manzana entera y en mi
barrio: en Palermo. / Una manzana entera pero en mitá del campo, /
expuesta a las auroras y lluvias y sudestadas. / La manzana pareja que
persiste en mi barrio: / Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga.

Borges vivía en una casa de dos plantas de Serrano al 2100, esquina
con Guatemala. Era la primera década del siglo XX y la vivienda era
una de las pocas de dos alturas y jardín privado. El resto eran casas
bajas, bien modestas. Un arrabal de laburantes y malevos, tan
auténticamente porteño como creo que sigue siendo hoy, a pesar de
haberse convertido en un punto chic de la ciudad, abarrotado de
tiendas y bares fashion y restaurantes cool que conviven con alguna
parrilla for export.

Cuenta Edwin Williamson en su biografía sobre el autor de El Aleph que
no fue muy feliz en el barrio. Fue a una escuela en la calle Thames al
2300, casi esquina Charcas, y allí le zurraron más de una vez. Empezó
a ir al colegio cuando tenía más de 10 años y hasta entonces había
vivido encerrado en la biblioteca de más de mil volúmenes de su padre
y absorto por los relatos de su madre Leonor sobre la historia
familiar. Ella descendía de los Suárez y los Acevedo, dos familias
patricias que lo perdieron todo en la guerra civil contra Juan Manuel
de Rosas, gobernador de Buenos Aires y máximo caudillo de la
Confederación Argentina (1832-1852).

Una vez alguien dijo que los añejos árboles que flanquean la calle
Guatemala fueron parte de una vasta propiedad de Rosas. No tengo ni
idea de si es verdad, pero me gusta pensar que sí, que bajo su sombra
cabalgó el caudillo. Guste o no, es uno de los personajes clave de la
historia del país. Cuando era chico me enseñaron en la escuela que
había sido un dictador cruel, pero después fue reivindicado y tratado
como un héroe. Hasta se repatriaron sus restos desde Southampton,
donde murió en el exilio en 1877. Sigo leyendo sobre él porque aún no
sé qué pensar. Muchas veces he imaginado también a Borges paseando por
allí y mascullando maldiciones contra Rosas. ¿Y el Che Guevara, que
vivió en Araoz casi esquina Mansilla a principios de los cincuenta,
qué pensaría de Rosas? Nunca lo sabré.

Sí sé que Leonor Acevedo detestaba a Rosas y todo lo que oliera a
gaucho. Hasta prohibió a su hijo leer el Martín Fierro, de José
Hernández. Pero Palermo le jugó una mala pasada a la madre del
escritor. Era un barrio de canallas y vividores y al menos dos de
ellos eran habituales en las tertulias de la casa de los Borges de los
domingos por la noche, después de la tarde de hipódromo. Eran los
poetas y narradores Macedonio Fernández y Evaristo Carriego, a quienes
Borges llegó a admirar como deidades. Lo perdió entonces la curiosidad
y no pudo resistirse a leer el Martín Fierro a escondidas y, sobre
todo, la novela popular Juan Moreira, de Eduardo Gutiérrez, que relata
la vida de un gaucho bonaerense, rebelde y pendenciero, muerto por la
policía en 1874.

Antes les decía que no nací en Buenos Aires. Fue en Bragado, un pueblo
al oeste de la capital, en ruta hacia La Pampa. Seguro que Borges lo
imaginó cuando leyó el arranque de otro gran poema gauchesco, El
Fausto criollo, de Estanislao del Campo: En un overo rosao, / flete
nuevo y parejito, / caía al bajo, al trotecito / y lindamente sentao,
/ un paisano del Bragao, / de apelativo Laguna: / mozo jinetaso,
¡ahijuna!, / como creo que no hay otro. / Capaz de llevar un potro / a
sofrenarlo en la luna.

....

Palermo realmente ya es tan grande que se divide en varios barrios
dentro del propio barrio: Palermo Chico, Palermo Viejo... y este
último, a su vez en Palermo Soho y Palermo Hollywood. Dicen que
Palermo es el lugar donde la clase media de BsAs vive de forma cómoda
y rodeada de sus famosos y grandes parques, sombreados caminos que se
tienen que agradecer cuando llega el tórrido verano porteño (nunca
estuve en verano pero no tiene nada que envidiarle al de Sevilla, eso
dicen). Pero siguiendo con Palermo, deciros que además de los parques
más famosos donde "bicicletear" o remar por sus lagos, está en la zona
el Zoo de BsAs al que algún día habrá que dedicar un merecido post.
Las principales calles del barrio de Palermo son las avenidas de Santa
Fe, del Libertador y de Córdoba. Allí en Palermo podeis encontraros
con numerosos museos, entre ellos el MALBA, algo así como el "Reina
Sofía argentino" y también el Museo Evita, del que habrá que hablar
igualmente en este Cuaderno de Viaje. Como siempre, me quedan las
recomendaciones gastronómicas. Nosotros estuvimos en dos lugares
totalmente recomendables: Bella Italia (Siria, 3285) y Bar 6 (Armenia,
1676). El primero es un excelente y elegante restaurante italiano, el
segundo, el "6" es un sitio con un ambiente encantador, con su larga
barra y las sillas, sofas, y sillones dan al sitio un diez en atención
y en la comida que sirven. Nos gustó mucho. El vino un Escorihuela
Gascón de Syrah, ¡claro! este nunca falla... Y bueno, como estábamos
hablando de Borges, casi se me había olvidado, os dejo con uno de sus
poemas que hace alusión a su barrio: Palermo.

Fundación mítica de Buenos Aires:
Prendieron unos ranchos trémulos en la costa,
durmieron extrañados. Dicen que en el Riachuelo,
pero son embelecos fraguados en la Boca.
Fue una manzana entera y en mi barrio: en Palermo.
Una manzana entera pero en mitá del campo,
expuesta a las auroras y lluvias y sudestadas.
La manzana pareja que persiste en mi barrio:
Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga.
Borges

La línea D es la más rápida para llegar en metro a la Plaza Italia en
Palermo. Allí será donde haremos el recorrido de este post del
Cuaderno de Viaje. Aunque Borges no nació en Palermo, sino que lo hizo
en la calle Tucumán, el 23 de agosto de 1899, hijo de Jorge Guillermo
Borges y Leonor Acevedo. Pero con solo dos años se traslada, en 1901,
a Palermo. Tras el nacimiento de su hermana Norah, la familia decide
mudarse a una casa más amplia de Palermo. Es en ese barrio, según su
biografía, en el que Borges conocerá con el paso del tiempo las
andanzas de diversos compadritos que pueblan sus ficciones y decidirá
su vocación literaria, promovida por el padre y la frecuentación de su
amplia biblioteca. En 1906, como su padre desconfiaba de la educación
pública, Borges toma sus primeras lecciones en inglés con una
institutriz británica, miss Tink. Tres años después ingresa en la
escuela primaria (cuarto grado), donde soporta las burlas de sus
compañeros debido a sus lentes y el cuello y la corbata estilo Eton
con que lo envían a clase. Por esta época la familia pasa sus
vacaciones de verano en Adrogué, pueblo cercano a Buenos Aires, o en
casa de unos familiares uruguayos, los Haedo. Luego la familia emigra
a Europa y regresan en el año 1920. Durante esos años la ciudad de
Buenos Aires se había modernizado y nada tenía que ver con aquella que
Borges había dejado en el año 1914. En este realidad, Borges basa todo
su proyecto literario de los años veinte cuando intenta reconstruir en
su historia esa Buenos Aires que había dejado de ser. En sus poemas de
"Fervor de Buenos Aires", "Luna de enfrente" o "Cuaderno de San
Martín", Borges intenta rescatar los lugares que aún subsisten. Y es
precisamente en Palermo donde encuentra las características de aquella
Buenos Aires que ya no se puede encontrar en el centro, donde se
mantienen las tradiciones y de allí la idea de lo antiguo, de la
permanencia de lo "viejo". De aquí parten algunas teorías que le
adjudican a Borges esta denominación de "Palermo Viejo". Y es este
lugar el inspirador de gran cantidad de poemas, donde reivindica
lugares, personajes y características (como lo hace en "Arrabal" y
"Elegía de los portones", entre tantas otras. Y es precisamente en la
esquina de esta casa, donde Borges va a fundar "míticamente a la
ciudad", en su poema "Fundación mítica de Buenos Aries", exactamente
en la esquina de la calle Serrano (hoy Borges) y Guatemala. De la
vivienda original de dos plantas solo queda el recuerdo (ya que hoy ha
sido reemplazada por una moderna construcción familiar) en una placa
que testimonia la vida del poeta en este lugar.


"Palermo era una despreocupada pobreza. La higuera oscurecía sobre el
tapial; los balconcitos de modesto destino daban a días iguales; la
perdida corneta del manisero exploraba el anochecer; sobre la humildad
de las casas no era raro algún jarrón de manpostería; coronado
áridamente de tunas...
Hacia el poniente había callejones de polvo que no ivan
empobreciéndose tarde afuera; había lugares en que un galpón de
ferrocarril o un hueco de pitas o una brisa casi confidencial
inauguraba lmalamente la pampa; O si no, una de esas casas petizas sin
revocar, de ventana baja, de reja -a veces de una amarilla estera
atrás, con figuras- que la soledad de Buenos Aires parece criar, sin
participación humana visible. Despúes: el Maldonado, como reseco y
amarillo zanjón, estirándose sin destino desde la Chacarita y que por
un milagro espantoso pasaba de la muerte de sed a las disparatadas
extensiones de agua violenta, que arreaban con el rancherío moribundo
de las orillas.
Hára unos cincuenta años, después de ese irregular zanjón o muerte,
empezaba el cielo: un cielo de relinchos y crines y pasto dulce, un
cielo caballiar..."
Jorge Luis Borges

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